Se dice por ahí que el tamaño no importa. Aunque esta frase ha sido usada en muchos contextos, en el mundo de la física y la ciencia de materiales es fundamental y adquiere una relevancia infinita. Empecemos por la fascinación que siempre hemos tenido por lo diminuto, no solo en la literatura y televisión, sino también en la ciencia.
Cuando comes, te trasladas en coche, lavas la ropa, y en múltiples actividades de la vida diaria te acompañan transformaciones químicas que, aunque pasan desapercibidas, son fundamentales para tu bienestar, desarrollo y, en ciertos casos, para la supervivencia. Muchos de estos procesos son promovidos por catalizadores, sustancias que aceleran una reacción química sin ser consumidas en el proceso.
Cuando yo, Verónica, nacida en el Ecuador, estaba a punto de graduarme de la secundaria, tenía un gran deseo por estudiar medicina, con el anhelo de curar las enfermedades de la gente. Luché mucho por un lugar para ingresar a esta carrera en una universidad pública, pero éramos tantos estudiantes con la misma aspiración y la competencia era tan dura, que ese sueño parecía escaparse de mis manos.
Uno de los descubrimientos científicos más relevantes para la humanidad, ocurrido en la década de los años 80, es la existencia de nuevas propiedades y fenómenos que suceden en la materia, a escala nanométrica. 1 nanómetro (nm) equivale a la millonésima parte de 1 milímetro; en esta escala, los nanomateriales (de tamaño entre 0.5 y 100 nm) están compuestos de un número finito de átomos, entre 10 y 10 millones.
Tienen propiedades únicas de resistencia a la grasa y al agua, gracias a su cadena de átomos de carbono y flúor, pero son muy tóxicas: son las sustancias perfluoro y polifluoroalquiladas (PFAS, por sus siglas en inglés). Como el enlace carbono-flúor es extremadamente fuerte, las PFAS no se degradan de manera natural y permanecen en el medio ambiente por muchísimos años, de ahí el mote “forever chemicals” o “químicos para siempre”. La persistencia es percibida como una propiedad menos peligrosa que la toxicidad, pero a mediano y largo plazo es un factor crítico para que los problemas de contaminación se salgan de control1 (ver Figura 1).
No fue hace mucho cuando la amenaza del “día cero” llamó la atención de amplios sectores de la población, al constatar que un creciente número de ciudades, regiones y países ya se han quedado sin agua.
Uno de los principales pasivos que la actual legislatura federal hereda a la siguiente es la promulgación de la nueva Ley General de Aguas, en sustitución de la Ley de Aguas Nacionales de 1992.
Los antepasados nos heredaron la historia del agua en nuestra comunidad.
Actualmente nos encontramos inmersos en una gran crisis de disponibilidad de agua.
¿Cuántos litros de agua se gastan en la producción de los alimentos y la ropa que utilizas? ¿Es correcto consumir tanta agua, cuando este recurso es cada vez más escaso por el cambio climático, la contaminación y el aumento de la población?
De acuerdo con el Sistema de Aguas de la Ciudad de México, el suministro promedio anual del agua a la ciudad en la última década se sitúa en alrededor de los 31.4 metros cúbicos por segundo (m3/s), con un mínimo de 29.3 m3/s y un máximo de 33.6 m3/s (Sacmex, 2018).
Prácticamente desde la época colonial, la Ciudad de México manejó el agua sin ninguna consideración social, económica o ambiental.
El territorio central de México está cruzado, desde el Pacífico hasta el Atlántico, por el eje neovolcánico transversal, donde se encuentran las principales cumbres y ríos del país.
¿Has imaginado que la Ciudad de México podría ser un enorme jardín?
Cuando observamos las grandes obras hidráulicas que sirven para satisfacer las necesidades de un país, una región o una gran ciudad, no siempre reparamos en que detrás de ellas se encuentran las decisiones de algún gobernante o equipo de técnicos que adoptaron la determinación de llevar a cabo su construcción.
Actualmente es una preocupación el vital líquido llamado agua, compuesto por dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno, que permite la presencia de vida en el planeta Tierra y constituye una gema como obsidiana, muy preciada para la naturaleza y la Ciudad de México.
La Olimpiada Mexicana de Matemáticas difunde esta área del conocimiento a través de concursos estatales, nacionales e internacionales. Su Comité Organizador elige y entrena a los equipos para las distintas competencias en las que México participa. A través de los años, han logrado fomentar la creatividad y el ingenio para la resolución de problemas.
México tiene que darse cuenta de que la inversión en ciencia y tecnología es lo mejor que puede hacer una nación, dejar de escatimar, porque en el desarrollo del conocimiento no puede haber ahorros”, dijo Alberto Verjovsky.
calendar_month 20 de diciembre de 2025