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R.U.R: Los Robots Universales de Rossum

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Publicación: calendar_month 27 de agosto de 2023

Extracto del libro Los Cien Libros que Transformaron al Mundo, programado para publicarse en 2023, de R. Rojas. La palabra “robot” existe desde hace más de cien años. Fue acuñada por el escritor Karel Capek para su drama teatral R.U.R: Los Robots Universales de Rossum, obra escenificada por primera vez el 25 de enero de 1921. El manuscrito original, en checo, ha sido reeditado multitud de veces en otros idiomas, pero en casi todos ellos se utiliza la palabra “robot” del original, cuya etimología nos remite al trabajo esclavo: un “robot” es aquel que es forzado a trabajar para beneficio de otros. Fritz Lang filmó Metrópolis sólo seis años después del debut del drama y llevó a la pantalla cinematográfica a aquel que, para mí, es el robot más célebre de la historia, un Maschinenmensch (humano-máquina) llamado María.

La historia que relata R.U.R. es muy parecida a la de tantas otras obras posteriores sobre robots. En una apartada isla, un investigador llamado Rossum ha descubierto un material que se comporta como el protoplasma de las células y con eso comienza a crear seres sintéticos. Su sobrino comprende el potencial que tiene la tecnología y organiza la producción de robots en serie para sustituir al trabajo humano.

 

Solo pocos años después del inicio de la fábrica, la producción mundial ya depende completamente de los robots. Los prototipos que se manufacturan son cada vez más avanzados, como el robot Primus y otro llamado Helena. Los robots han evolucionado tanto que comprenden que están siendo explotados por los humanos y se rebelan. Finalmente, atacan a los humanos y eliminan a todos, excepto al ingeniero encargado de la producción, de quien quieren obtener la fórmula para producir más robots. El drama termina con los robots desarrollando algo similar a los sentimientos humanos y los dos robots más avanzados se transforman en el Adán y la Eva de una nueva especie robótica que hereda la Tierra del Homo sapiens.

 

Los años veinte y treinta del siglo pasado son socialmente ambivalentes respecto al progreso técnico y R.U.R. incide en esa discusión. La primera interrogante es si todo lo que técnicamente es posible debería ser realizado. Al crear robots que paulatinamente van desarrollando una conciencia de sí mismos se plantea, inevitablemente, el dilema de su esclavitud. Además, en un segundo plano de la obra, la humanidad ha dejado de reproducirse y pareciera que ya solo se dedica a la indolencia. Una raza de robots es, al final de cuentas, la única alternativa que queda para mantener presente sobre la Tierra algún tipo de inteligencia creadora del calibre de la humana.

 

Ese conflicto en R.U.R. es el dilema universal siempre que se habla de inteligencia artificial o de robots humanoides: ¿Hasta qué punto es posible sintetizar genuina inteligencia en reglas o mecanismos diseñados por humanos? Una computadora solo puede ejecutar sus programas línea por línea, sin desviarse para nada de lo que se le ha ordenado. No hay lugar para la creatividad o la intuición. Una computadora no se elevará de pronto mentalmente a un plano cognitivo superior para, desde ahí, considerar su existencia y su actuación. Una computadora no es consciente de sí misma y nunca lo podrá ser.

 

El verdadero tema de R.U.R. es la inseguridad humana frente al progreso exponencial desatado por nuevas tecnologías, progreso que, sin embargo, es diferente dependiendo de nuestra posición en la vida. Tecnologías que eliminan el trabajo manual, automatizando completamente las fábricas, son beneficiosas, a menos que uno sea alguno de los trabajadores desplazados.

 

Hoy tenemos computadoras y vamos transitando a un mundo que se quiere independizar de los combustibles fósiles. Pero nos está pasando como en aquella isla de los robots: hemos modificado de tal manera el medio ambiente que se nos cae el techo sobre la cabeza. Hemos creado antibióticos y medicinas increíbles que, sin embargo, son incapaces de contener a los nuevos patógenos que surgen día con día en un mundo hiperconectado. Hemos creado herramientas de inteligencia artificial que reconocen nuestra cara y pueden dialogar con nosotros, pero que al mismo tiempo nos rastrean constantemente y almacenan todo lo que hacemos y todo lo que somos. Recorremos ahora la Tercera, algunos dicen Cuarta, Revolución Industrial, pero con la misma incertidumbre de hace cien años y ahora a una velocidad vertiginosa.

 

Por eso R.U.R. sigue siendo muy actual, como producto literario de un momento de transición que un siglo después estamos experimentado de nuevo, ciertamente a otro nivel, pero con el mismo trasfondo de angustia social.

 

 

PIE DE FOTO

Foto: Eric the robot, working replica of the UK’s first robot © The Board of Trustees of the Science Museum.

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