Astronomía Antigua
[Observador del cielo, p.34, Códice Madrid]
En la página 34 del Códice Madrid, uno de los códices mayas prehispánicos, se encuentra un personaje sentado con un objeto que parece salir de su ojo. Está dentro de un cartucho pintado de negro, que indicaría la noche, y rodeado por ojos, que podrían representar estrellas. La imagen forma parte de una lámina en la que se registran fechas y ritos asociados con la celebración del año nuevo. Se ha sugerido que es un observador de los movimientos celestes, aunque algunos autores señalan que se necesita más evidencia para sustentar esa interpretación.
[Códice Bodley, lámina 15]
Alfredo López Austin refiere que la aparición de aparatos para la observación del cielo en los códices prehispánicos mixtecos muestra la importancia de realizar ritos con los ciclos de los astros. En la lámina 15 del Códice Bodley se observa una ceremonia llevada a cabo por una pareja de señores con un elemento formado por dos varas cruzadas con una estrella en medio. Según Celia Nuttall se trata de un aparato utilizado para observar los movimientos celestes.
[Lápida lunar mixteca]
La Luna es esencial en la cosmovisión mesoamericana. El astro representa la oposición fundamental para la clasificación y la comprensión del mundo. Es la contraparte natural de todos los aspectos asociados al Sol; en ella están lo nocturno, lo frío, lo húmedo, lo femenino. Las deidades lunares rigen sobre una multitud de aspectos como el tejido, la sexualidad o el pulque. La Luna es además personaje de muchos mitos; en uno de ellos se cuenta que, para evitar que su brillo compitiera con el del Sol, un dios le arrojó un conejo al rostro dejando esa marca característica. Según Alfredo López Austin esta conocida escultura mixteca, ahora en el Museo Nacional de Antropología, representa a la Luna como una olla luminosa llena de líquido, con un conejo en el interior.
[Constelación, Primeros Memoriales]
En esta ilustración de la foja 282r de los Primeros Memoriales de Sahagún se representa a la constelación de Tianquiztli, a la que el franciscano relacionó con las Pléyades. De acuerdo con esa fuente, el rito del encendido del fuego nuevo, el que tenía lugar cada 52 años, se celebraba cuando Tianquiztli era la constelación más visible. La ceremonia, antes de la cual se apagaban todos los fuegos y se rompían los objetos de cerámica, se llevaba a cabo en el Cerro de la Estrella, donde un sacerdote encendía el fuego nuevo en el pecho de un cautivo. El fuego se repartía entre los habitantes de Tenochtitlan y las otras poblaciones de la Cuenca, dando así inicio a un nuevo ciclo.