Una calle empedrada de la colonia Guerrero acogía el hogar que tuve cuando niño.
Una calle empedrada de la colonia Guerrero acogía el hogar que tuve cuando niño. La Ciudad de México era muy diferente en esa época, se disfrutaba pasear por ahí, la contaminación era mucho menor, y a mis diez años podía caminar sin compañía a la primaria. Por las tardes jugaba en la calle con mis amigos fútbol o canicas; a veces, subíamos a la azotea y nos sentábamos al lado de los tinacos de agua para ver el atardecer. Recuerdo mirar, como hipnotizado, sus colores cambiantes y sentir el viento que acompañaba el inicio de la danza de la Luna y las estrellas por la bóveda celeste. Me quedaba atrapado en esos momentos, fascinado por el enigma frente a mí.
Mi interés se fue literalmente al cielo cuando en 1970, siendo estudiante de física, fui al Istmo de Tehuantepec a presenciar mi primer eclipse de Sol. A partir de ahí, la astrofísica me echó el guante y no me soltó. Muchos años después fui acompañado por mis hijos a disfrutar el eclipse de 1991 en La Paz, Baja California Sur.
Así que no importa si somos niños o adultos, todos somos seducidos por los misterios del cielo, los mismos que han mantenido intrigada a la humanidad desde el inicio de los tiempos. El conocimiento actual del Universo es extraordinario pero es un viaje que se inició hace miles de años.
Una mirada a la historia de las civilizaciones nos muestra que la búsqueda del orden del mundo es una inquietud universal que, invariablemente, inicia en el cielo. Los ciclos de los astros fueron piezas esenciales en la edificación de cada una de las culturas. Los mitos de la creación en el mundo antiguo, con sus leyendas, rituales y calendarios, son un impresionante legado que da cuenta de la imaginación y empeño puestos para darle sentido al Universo.
Tres ejemplos del conocimiento antiguo
El conocimiento de los ciclos celestes se acumula desde la prehistoria y esto permitió establecer las primeras aldeas agrícolas. Después, los sumerios inventaron la escritura cuneiforme y registraron en tablillas de barro la vida en Mesopotamia, lo que nos dio acceso a su historia y saberes, incluidos los fenómenos celestes.
Se tienen registros de caídas de meteoritos, eclipses, avistamientos de cometas y, en algún momento, bajo la creencia de que el cielo anuncia designios divinos, los reportes se empezaron a usar con fines adivinatorios. Esta interpretación esotérica marcó el nacimiento de la astrología babilónica, que fue heredada al resto de las culturas vecinas, así la astronomía y astrología se tornaron indistinguibles en apariencia. Pero hay una enorme diferencia entre ambas; la astronomía es la ciencia que estudia los fenómenos del cosmos, mientras que la astrología es un conjunto de creencias usado con fines adivinatorios.
El antiguo Egipto desarrolló su cosmogonía con influencia de la babilónica. Su visión de un Universo cíclico con los rituales para la resurrección fueron plasmados en escrituras jeroglíficas dentro de pirámides (Textos de las Pirámides), sarcófagos (Textos de los Sarcófagos) y papiros (Libro de los Muertos). En ellos se describe la bóveda celeste como el cuerpo arqueado de la diosa Nut, la madre de los dioses, quien todos los días daba a luz al Sol y después se lo tragaba al atardecer. La observación de las estrellas, que guiaban las almas de los faraones muertos, estaba relacionada con el culto religioso. Los ciclos cósmicos dieron lugar a calendarios y rituales, donde la aparición de Sirio al amanecer era la fecha que anunciaba la crecida del Nilo, y el firmamento lo plasmaron en su arquitectura. El cielo era asociado con el útero femenino, ya que creían que la lluvia se originaba en el útero de Nut. También pensaban que el cielo era de materia sólida porque, al igual que la lluvia, los meteoritos eran pedazos de cielo que caían ocasionalmente. De hecho, los metálicos, de hierro y níquel, fueron usados para hacer instrumentos ceremoniales sagrados.
Del otro lado del mundo, en Mesoamérica, se dieron algunas similitudes. Sus conocimientos se estamparon en glifos y códices, y los más célebres son los pertenecientes a las culturas del altiplano y de las zonas mayas. Entre ellos destaca el Códice Florentino, de fray Bernardino de Sahagún, originalmente llamado Historia General de las Cosas de Nueva España. Es una obra enciclopédica y bilingüe, escrita en náhuatl y español, que reseña la cultura y las costumbres de los mexicas, incluyendo su astronomía con descripciones de cometas, eclipses y del famoso conejo de la Luna. La astronomía fue utilizada con fines rituales y de adivinación y en el Códice Borbónico se describen las fiestas, su almanaque adivinatorio y la relación de los Señores de la Noche con el ciclo de 52 años del Fuego Nuevo.
En el caso de las culturas mayas, los códices Madrid, Dresde y París, dan cuenta de sus conocimientos y cultura; su erudición sobre el cielo, sus matemáticas e incluso algunos fenómenos catastróficos como inundaciones. En las últimas conversaciones que tuve con mi amigo el historiador y epigrafista Guillermo Bernal (1960-2021), me decía que los mayas usaron el cielo para comprender y predecir las voluntades divinas y vivir en armonía con ellas. Como ejemplos me contó que la Vía Láctea era vista como un cocodrilo que fue destrozado por el dios del cielo y que las constelaciones estaban personificadas por animales. La bóveda celeste era un zoológico celestial donde, de modo rotativo, cada animal estelar regía por 28 días.
Colofón
Todos los grupos humanos, de los inuits a los polinesios, pasando por los olmecas y los chinos, han creado sus propias cosmogonías. Son búsquedas fundamentales, los antecedentes del conocimiento actual, y muestran que la historia de la astronomía es, de alguna manera, la historia de la civilización. Las crónicas de cada cultura son biografías añejas, fascinantes y en constante evolución, como ha sido ilustrado en la serie de TV UNAM Nuestras Cosmovisiones.
Mi interés se fue literalmente al cielo cuando presencié el eclipse de Sol de 1970, en el Istmo de Tehuantepec.
El conocimiento actual del Universo es extraordinario pero es un viaje que se inició hace miles de años.
La historia de la astronomía es, de alguna manera, la historia de la civilización.
