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Cuando el cautiverio significa la última frontera

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Publicación: calendar_month 27 de agosto de 2023

En tiempos de crisis ambiental generalizada, sin duda estamos en los albores de una sexta extinción masiva de diversidad biológica.

En tiempos de crisis ambiental generalizada, sin duda estamos en los albores de una sexta extinción masiva de diversidad biológica. De acuerdo con la lista roja del IUCN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, por sus siglas en inglés) 40 mil especies están en riesgo de desaparecer del planeta, lo que representa un tercio de todas las especies valoradas por dicha organización. 

En la lista de países con mayor número de especies en peligro, los primeros cinco son Madagascar (3,664), Ecuador (2,568), México (2,078), Indonesia (1,988) y Malasia (1,928). Este declive acelerado de biodiversidad se debe en parte a que se trata de un fenómeno un tanto ambiguo: un duelo cuya pérdida no cuenta con cierre definido y que, por tanto, nos cuesta trabajo procesar.

Pensemos, por ejemplo, en las vaquitas marinas, representadas en la actualidad por una decena de ejemplares pero que en términos prácticos (y ecológicos) es como si ya no existieran. O los formidables axolotls, que están literalmente por todos lados (laboratorios, zoológicos, museos, acuarios, casas particulares y hasta en los billetes), menos donde deberían de estar, es decir, en su medio.

En otros tiempos su hábitat abarcaba buena parte del Valle de México y sus extensos lagos y humedales; hoy, se reduce a los canales de Xochimilco, un entorno gravemente deteriorado, fragmentado y contaminado; así como plagado por tilapias, carpas, lirios y demás especies invasoras introducidas. 

Los últimos sobrevivientes silvestres del antiguo dios azteca literalmente batallan por perseverar. Vamos, que si no fuese porque desde hace tiempo se mantiene un número considerable de estos pequeños “monstruillos” del pantano en cautiverio (lo que representa un amplio acervo genético y, por consiguiente, buenas posibilidades de poder mantener viable su linaje a largo plazo) probablemente el carismático anfibio estaría condenado a la extinción.

Es válido preguntar: ¿para qué «salvar» a una especie de la extinción si sus supervivientes quedarán condenados al encierro? La verdad es que, sin un entorno habitable, la existencia —al menos en términos ecológicos— no tiene mucho sentido. No obstante, y por contradictorio que resulte, cada vez son más los animales cuya única expectativa de supervivencia se limita al manejo en cautiverio, y eso en el mejor de los casos, como sucede con el axolotl. 

Lo cierto es que para la mayoría del resto de especies de ajolotes oriundos de México (unas 18 del género Ambystoma), así como para muchos otros anfibios amenazados, no queda ni siquiera la alternativa del confinamiento y sus días están literalmente contados (sin ir más lejos, se estima que 30% de la diversidad actual de anfibios podría terminar de esfumarse durante las próximas décadas).

Estirando un poco más el argumento: ¿qué significa exactamente decir «extinto en estado salvaje»? Cuando en realidad no es que exista otra alternativa para que los organismos alcancen a llevar una vida plena. 

Una especie tiene sentido solo en correlación con el resto, está constituida tanto por sus individuos como por las interacciones que estos establecen con otros seres vivos y con el entorno. Sin eso, lo que queda son meros espectros. Vestigios encerrados de lo que alguna vez fueron sus antepasados. Versiones domésticas progresivamente más distantes de la esencia de su estirpe. 

No se me malentienda, de que una especie desaparezca por completo a que se le mantenga en cautividad, pues supongo que lo segundo es preferible. No obstante, esto solo cobra sentido en virtud de que el alargue vital vaya en miras de poder reintroducir a los descendientes cuando resulte oportuno, de preferencia en entornos restaurados o al menos que cuenten con medidas de mitigación de los factores que llevaron al colapso de la especie. De otra manera, me temo que tarde o temprano los axolotls (por seguir con ese ejemplo) terminarán por ser como los perros de los anfibios.

Por supuesto que no me refiero a liberaciones privadas o clandestinas, ni mucho menos a esas simulaciones grotescas (como el llamado Ajolotón) puestas en marcha por ciertos gobiernos panfletarios. La verdad es que la reintroducción al medio silvestre es un asunto siempre delicado, conlleva el riesgo de figurar como vector de parásitos y patógenos (y de esta manera quizás terminar de diezmar las poblaciones ya menguadas), cuando no carga de por medio la sentencia de los organismos liberados; recordemos el caso mediático de Keiko, la orca, que tras una larga saga de «rescate» y estrellato cinematográfico en Liberen a Willy, fue puesta en libertad bajo la crítica de biólogos y conservacionistas, solo para aparecer muerta un par de meses más tarde.

Dicho eso, cuando las cosas se hacen bien, y se conectan de manera efectiva los esfuerzos científicos con el trabajo en las comunidades y la voluntad política, la propagación en cautiverio puede representar una trinchera invaluable para la conservación. 

Podríamos mencionar los ejemplos sonados del lobo mexicano y del cóndor de California, ambas especies declaradas como extintas en la naturaleza y posteriormente reintroducidas con éxito. Quizás modesto, pues la población de lobos actualmente se limita a 30 ejemplares que merodean los bosques chihuahuenses y, por lo pronto, la esperanza de la especie sigue estando en manos humanas, pero ya dirá el tiempo.

Con buen tino y mucha perseverancia podría suceder algo similar a lo acontecido con las tortugas gigantes de las Galápagos, que se propagan en cautiverio (en este caso en centros insitu) desde 1968 para repoblar islas diezmadas por la sobreexplotación de los navegantes de antaño y los distintos organismos que los colonos introdujeron en el archipiélago: ganado, burros, cabras, puercos, perros, gatos, ratas y hormigas del fuego. 

Cada una, una pesadilla particular para las tortugas (ya sea porque se coman los huevos o a los neonatos, colapsen los nidos o compitan de manera drástica por los recursos) y, en conjunto, influyeron a lo largo de los años para que el número de tortugas en estado salvaje se desplomara hasta niveles francamente desalentadores. 

En un censo de 1974 la población total de tortugas gigantes (esto es tomando en cuenta a todas las especies presentes en las distintas islas) se estimó en apenas 3 mil individuos. Desde entonces, gracias en buena medida a los esfuerzos de propagación en cautiverio y a los programas de control y erradicación de especies introducidas, las poblaciones se han recuperado un tanto, hasta alcanzar los 20 mil especímenes totales.

En cualquier caso, no estamos hablando de peceras desperdigadas en residencias privadas, sino de programas coordinados por instituciones, unidades de manejo y centros reproductivos profesionales. La verdad es que, en estos menesteres, el lucrativo y creciente mercado de mascotas exóticas no aporta demasiado. A lo sumo puede contribuir, y eso bajo un estricto esquema de reproducción en cautiverio para satisfacer las demandas en juego, a que no se sigan extrayendo especímenes del medio natural, y a frenar un poco la vorágine insaciable del tráfico de especies amenazadas. 

Claro que, por otro lado, también puede abrir la puerta para que el tiro termine saliendo por la culata, pues la supuesta legal procedencia de los organismos se aprovecha como telón de fondo para seguir nutriendo el mercado negro. Digamos que la corrupción en tales terrenos es extrema y la instauración de las leyes existentes, prácticamente inoperante.

A la luz de todo esto, cierro con dos breves citas que, me parece, vienen muy al caso, de Fieras Familiares, mi reciente publicación en Libros del Asteroide. La primera es de corte más general: «Si no somos capaces de evitar la extinción ni siquiera de aquellos entornos y organismos que nos resultan más simbólicos —pocos paisajes y animales más idiosincráticos para los descendientes de Aztlán que los remanentes de Xochimilco y el axolotl—, ¿qué esperanza pueden albergar todos los demás? Si el poderoso jaguar, la elusiva vaquita marina y la magnificente águila arpía no son ídolos de influencia suficiente como para que los monos adoradores del plástico les brindemos cierta conmiseración, entonces ¿qué podrán esperar las musarañas, las sanguijuelas, los sapos de caverna y las anguilas ciegas de Yucatán?».

La segunda refiere a la ocasión en que tuve oportunidad de visitar a una criatura muy particular en las Galápagos, Lonesome George (el Solitario George), una tortuga centenaria de Isla Pinta, Chelonoidis abingdonii, que en ese entonces, 1999, vivía en la estación científica Charles Darwin de Santa Cruz y figuraba como el último ejemplar con vida de su especie (probablemente el animal más raro del mundo en ese momento): «Reparo en que esta magnífica criatura, con sus patas de paquidermo y comportamiento carismático, es como un eufemismo andante de la extinción, un pájaro dodo con caparazón, una especie de fósil viviente de facto. Cuando su llama se consuma, nunca se verá a otra de su clase ––dicho evento acabó sucediendo el 24 de junio de 2012––. Y es que a pesar de que nuestra propia historia como especie signifique apenas una minucia en tiempo geológico, unos cuantos segundos equiparada a la de buena parte de los organismos que nos rodean, si para algo hemos probado ser eficientes los Homo sapiens es para obstruir los cauces de historias naturales que llevaban millones de años fluyendo sin interrupción».

Ilustraciones de Ana J. Bellido, del libro: El ajolote, biología del anfibio más sobresaliente del mundo (se reproducen con permiso de la autora).

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