Durante septiembre se celebran las asambleas generales de la Organización de Naciones Unidas (ONU), una oportunidad para que los líderes del mundo puedan fijar posturas, a un nivel más o menos igualitario, sobre temas de interés global
Durante septiembre se celebran las asambleas generales de la Organización de Naciones Unidas (ONU), una oportunidad para que los líderes del mundo puedan fijar posturas, a un nivel más o menos igualitario, sobre temas de interés global. En 2022, la 75° Asamblea General se realizó de manera presencial tras dos arduos años de pandemia por la COVID-19. La recuperación post pandemia y la salud son todavía temas relevantes, pero este año, las quejas de los países van en dos sentidos: medio ambiente sano y paz.
Los nuevos escenarios internacionales imponen una realidad en la que la convicción por un planeta más sostenible y pacífico enfrentará nuevos retos. Por ejemplo, la guerra en Ucrania y sus consecuencias en la economía global, especialmente en el suministro de energéticos a Europa y el desabasto de trigo, son aspectos que ponen de manifiesto que la estabilidad geopolítica de nuestro tiempo puede ser alterada con mucha facilidad.
A esto se suma la ya añeja pero vigente advertencia de los científicos y especialistas sobre los efectos del cambio climático en nuestro tiempo, que podemos ver en los acelerados desastres naturales y también en las afectaciones a la salud humana como la pandemia por COVID que, por cierto, tiene su origen en el deterioro ambiental y la pérdida del equilibrio ecológico. Por supuesto también resulta importante mencionar los retos en materia de solidaridad internacional hacia la repartición equitativa de la riqueza.
Sin embargo, en esta 75° Asamblea General hubo intervenciones relevantes en el sentido de un discurso renovado que combina desarrollo sostenible con paz. México, por ejemplo, ha propuesto una comisión de alto nivel mediada por el primer ministro de la India y el papa Francisco para llevar a Rusia y Ucrania a un acuerdo de paz. Es una tarea compleja, pero que podría contar con el respaldo de los 203 países que componen la Asamblea General.
Por combatir a los cárteles y las plantaciones de coca, más del 50% de la selva amazónica ha sido devastada. La responsabilidad es de los gobiernos, pero las soluciones deben ser de toda la sociedad.
Derivado de los acuerdos de la Asamblea General de la ONU, resulta de mucho interés el trabajo de la reciente COP-15 celebrada en Montreal, en diciembre. La llamada conferencia de las partes sobre biodiversidad da seguimiento a la agenda ambiental con la participación de gobiernos, sociedad civil y científicos, un auténtico ejemplo de diplomacia de la ciencia. De las conferencias de las partes, por ejemplo, surgieron acuerdos tan importantes como el de París sobre la reducción de emisiones de efecto invernadero.
Hay algo curioso para subrayar sobre estas dos reuniones internacionales y que no se veía desde la guerra fría. Primero, existe un ambiente polarizado por nuevas potencias que, ante la nueva realidad (cuya duración desconocemos) hay también un mayor uso de las agendas “suaves”. Es decir, las agendas científicas, en este caso ambientales y de salud global, se convierten en un mecanismo para impulsar el diálogo entre países con intereses yuxtapuestos.
Pero no solo eso, pues esas agendas también se convierten en escaparate del poder de resiliencia y acción de los países ante las pandemias y el cambio climático. Pareciera, en algunas negociaciones, que los intereses económicos han sido puestos en un segundo plano, aunque son temas sensibles y con capacidad para alterar fácilmente la tensión que existe entre los países con intereses encontrados.
Entonces son las agendas suaves las que, en el discurso, ganan relevancia. Habrá que ver si el discurso simplemente mantiene a Naciones Unidas como un espacio de diálogo vigente, o si en verdad trasciende a la acción global y efectiva, como cuando las potencias unieron esfuerzos para erradicar la viruela, por citar un caso de éxito.
Quizá por eso uno de los mayores éxitos de la COP-15 es establecer un marco de objetivos cada vez más específicos para frenar la pérdida de la biodiversidad en al menos un 30% de aquí a 2030, y destinar al menos 200 millones de dólares anuales al conocimiento y conservación de la naturaleza. Son por supuesto compromisos que deben pasar por la política interna de los países hasta verse reflejados en resultados reales. Sin embargo, la COP-15 es una muestra de que las sociedades ejercen mayor vigilancia y demandan a los gobiernos una ideología con responsabilidad ambiental.
Latinoamérica no puede quedarse atrás. Como se vio en la Asamblea General de la ONU, es preciso que la política exterior plasme una ética de la responsabilidad y la corresponsabilidad global. Puede ser que el discurso se haya vuelto más académico y menos aterrizado, como mencionan algunos especialistas; pero lo interesante y valioso es que el discurso vuelva a ser integral e inspirador, con nuevos valores sociales y ambientales para hacer frente a los autoritarismos.
¿Será verdaderamente una oportunidad para tomar en serio el cambio climático, o durará tan solo el tiempo en que la tensión geopolítica lo permita?