Para la arquitecta india Jyoti Hosagrahar, quien dirige la División de Creatividad del Sector de Cultura de la UNESCO, la cultura es todo lo que constituye nuestro ser y configura nuestra identidad. En algún sentido es como la “personalidad social” de un grupo. Así como una persona tiene una cierta forma de hablar, vestirse y relacionarse con la naturaleza u otras personas, también un modo de “hacer las cosas”. Las sociedades tienen una cultura que se expresa en sus formas de vida.
Cultura es más que arte, historia y folclor… ¡la ciencia también es cultura!
Cuando se dice “cultura”, las personas suelen pensar en las expresiones artísticas que podemos encontrar en los museos. También la asocian con la historia, la producción artesanal y las expresiones identitarias en vestimenta, gastronomía y lenguaje (para muestra basta ver lo que se promueve en las dependencias de cultura federales, estatales y municipales). Y sí, todo eso es cultura, pero es sólo una parte de ella.
El filósofo y antropólogo Jesús Mosterín propone que cultura es todo aquello que modela nuestro comportamiento y que no es producto de la genética: el conocimiento, las creencias, el arte, las leyes, las costumbres, las formas de relacionarnos unos con otros, etc. Todo eso que en los humanos se transmite no por los genes, sino por aprendizaje social.
Por naturaleza somos miopes y tenemos cabello; por cultura llevamos lentes, pelucas o un cierto corte de cabello. Por naturaleza necesitamos alimentarnos; por cultura cocinamos distintos platillos en cada país. El arte es cultura, pero también lo es desayunar, tomar vino o cerveza con amistades, la afición al fútbol o a la música, pensar que las mujeres, y no los hombres, deben vestir de rosa y falda, es cultura el racismo y la inclusión, separar la basura o evitar el uso de bolsas plásticas para no contaminar el ambiente.
Generalmente la ciencia no se incluye entre los ítems que constituyen la cultura, pero la ciencia también es cultura, pues esencialmente es conocimiento compartido, construido, corregido y hecho crecer de manera colectiva por la humanidad; además, la ciencia, más que ningún otro factor cultural desde comienzos de la modernidad, ha modificado nuestra forma de vida, comportamiento y la forma de pensar y de vivir.
La ciencia y sus productos tecnológicos han modelado casi todos los aspectos de nuestra actual forma de vida, por ejemplo:
la comunicación: transitamos de la oralidad a los mensajes instantáneos en redes sociales;
la producción artística: de los tintes y arcillas naturales, a la fotografía, el cine, los performances de luz y sonido, el mapping envolvente, la realidad virtual y la realidad aumentada;
la recreación de la historia: de la tradición oral al análisis de antigüedad de vestigios diversos con carbono 14;
la convivencia y construcción de relaciones: de la presencialidad a las interacciones a distancia basadas en telecomunicaciones y la virtualidad;
el aprendizaje: del conocimiento boca a oído, a la imprenta, la educación on-line, multimedia, libros virtuales e inteligencia artificial;
el cuidado de nuestra salud: de las invocaciones a los dioses o a fuerzas desconocidas, a la medicina basada en evidencia científica, las operaciones asistidas por robots, laparoscopías, detección y diagnóstico por tomografías, y un amplio etcétera;
La lista de ejemplos sería muy larga.
A veces “cultura” se equipara con erudición o un amplio bagaje de conocimientos, frecuentemente sobre historia, literatura o artes plásticas. Así, se dice que alguien “tiene mucha cultura” si muestra erudición en varios temas; pero lo cierto es que nadie puede tener poca o mucha cultura, no es cuestión de cantidad. Cada sociedad y persona tiene una cultura —tal como tiene un carácter— que por supuesto, puede cambiar a lo largo del tiempo. El quid del asunto es ¿qué características tiene esa cultura?
La cultura actual: líquida y de la posverdad
En opinión del sociólogo polaco Zygmund Bauman vivimos en tiempos líquidos, que hacen que las estructuras sociales —las instituciones que modelan y limitan las elecciones individuales al propiciar la continuidad de hábitos y modelos de comportamiento aceptables— ya no pueden mantenerse iguales por más tiempo (ni se espera que lo hagan); y por ello desaparecen cual líquido en nuestras manos, antes de que transcurra el tiempo necesario para que sean asumidas por toda la sociedad como marcos de referencia.
La modernidad líquida es una herencia de la incertidumbre y la complejidad del mundo. Esta última siempre estuvo allí, pero ahora, gracias a los avances en las distintas ciencias naturales, exactas y sociales, ha quedado develada: ya no podemos ver el mundo de manera simple, sin caer en lo simplón. La liquidez de los tiempos, evidenciada en la fugacidad y los cambios rápidos, ha generado que, para personas, organizaciones y sociedades, casi todo se vuelva potencialmente desechable y sustituible ¡a la menor provocación!: desde el modelo de teléfono inteligente o la computadora, hasta las relaciones de amigos, parejas o compañeros de trabajo.
Otro rasgo de nuestros tiempos es la llamada posmodernidad, corriente de pensamiento que el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky define como un proceso de promoción y democratización de una serie de valores, entre ellos el énfasis en lo relacional y psicológico, el hedonismo y el cultivo de la autonomía individual, donde la seducción se convierte en convicción. Se valora tener el mínimo de coacciones y el máximo de libertad para desear y elegir. Así, la posmodernidad se afianza en el presente, el pasado le es indiferente y disuelve la fe en el futuro y en el progreso.
La modernidad líquida y la posmodernidad han sido el caldo de cultivo del actual contexto de posverdad, la cual se refiere al fenómeno en que los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que las creencias personales, las ideologías y las emociones. Implica una distorsión de la realidad, pues las personas están más dispuestas a creer en lo que les gusta o concuerda con su ideología (por los sesgos cognitivos que han mostrado diversas investigaciones psicológicas), aún si eso va en contra de las evidencias y los hechos objetivos.
Desde lo social, la posverdad se ha visto impulsada por factores que incluyen el uso intensivo de las redes sociales como canal de consumo de información, la pérdida de confianza en las instituciones en general, el aumento de la desinformación y de fake-news (ambas, a veces, deliberadas), así como la polarización política. En este contexto se facilita que las personas puedan encontrar información que confirme sus propias creencias, aunque no esté sustentada en evidencia; y que deseche datos y hechos que no confirman sus opiniones y juicios previos. Cuando las personas no fundamentan sus opiniones y decisiones en evidencias, sino en creencias e información “a modo”, es más probable que tomen decisiones equivocadas y se dividan en segmentos con opiniones polarizadas. La posverdad puede mermar la confianza pública en las instituciones y en la ciencia.
¿Qué tan real es la realidad?
Como rasgos culturales contemporáneos preponderantes, la modernidad líquida y la posmodernidad, por estar arraigados y naturalizados en nuestra forma de ver el mundo y de vivir, de manera imperceptible ponen en tela de juicio no sólo la validez de las organizaciones sociales, sino también de cualquier conocimiento, asignando validez a cualquier idea o concepción, sea basada en evidencia o sólo en una creencia o un deseo. Pareciera que estamos convencidos de que toda subjetividad construye realidad, como si la realidad no existiera por sí misma al margen de cómo la signifiquemos y entendamos. Se confunde percepción y convicción personal con evidencia.
A nivel personal, la cultura científica se integra no sólo con los conocimientos científicos que tengamos, sino también con nuestra actitud hacia la ciencia y la tecnología, y con nuestra percepción de éstas en el todo cultural y sobre su aporte al desarrollo de la sociedad y la forma de vida contemporánea. También comprende nuestras habilidades tecnológicas. Más aún, la cultura científica incluye nuestros hábitos, es decir, la aplicación que hacemos (o no) de conceptos, principios y enfoques de la ciencia para tomar decisiones en la vida diaria.
Pensamiento crítico: vacuna contra la posverdad
El pensamiento crítico es un elemento básico de la cultura científica de cada persona, que consiste en aplicar (aunque no le identifiquemos así) algunos pasos y enfoques del método científico. Algunos lo llamarían un “sano escepticismo”.
El pensamiento crítico implica observar y preguntarnos siempre —no desde la descalificación o la competición intelectual, sino desde la curiosidad— si lo que vemos, leemos o nos dicen otras personas, o lo que percibimos y pensamos de una situación específica es real o más bien un efecto de una interpretación errónea, ya sea involuntaria o por una manipulación encubierta. Así, un enfoque crítico de pensamiento no es “dudar por dudar” o “descalificar por descalificar”, sino buscar datos y hechos que nos permitan evaluar si lo que percibimos o escuchamos es una conclusión sustentada en la evidencia existente.
Si se desea usar el pensamiento crítico, siempre pregúntese ¿a partir de qué suposiciones o evidencias se concluyó lo que se afirma?; después verifique si esos datos y hechos fueron obtenidos de manera científica, o si están incompletos o sesgados.
Todos tenemos la libertad de ser y pensar como queramos, pero el enorme caudal de conocimientos producidos por métodos científicos, nos permite construir una visión del mundo basada en evidencias, para con ello poder vivir y emprender nuestras diversas tareas y roles con mayor probabilidad de éxito, porque se apegan más a la realidad.
PROPUESTA DE BALAZOS
Cultura es todo aquello que modela nuestro comportamiento y que no es producto de la genética.
Generalmente la ciencia no se incluye entre los ítems que constituyen la cultura, pero la ciencia también es cultura.
La cultura científica se integra con nuestros conocimientos científicos, nuestra actitud hacia la ciencia y la tecnología, y nuestra percepción de éstas.
Los conocimientos producidos por métodos científicos, nos permiten construir una visión del mundo basada en evidencias.
Referencias:
Diplomado y posgrados en comunicación de la ciencia
La divulgación o comunicación de la ciencia es una actividad ya muy profesionalizada. En México contamos con varias opciones, aquí las más importantes:
Diplomado de comunicación pública de la ciencia, de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
https://www.dgdc.unam.mx/actividades/e/183/diplomado-en-comunicacion-publica-de-la-ciencia
URL corto: https://shre.ink/QVQC
Posgrado de Filosofía de la Ciencia, área de Comunicación de la Ciencia, UNAM
https://posgrado.unam.mx/filosofiadelaciencia/programa/campos/comunicacion-de-la-ciencia.html
URL corto: https://shre.ink/QVZz
Maestría en comunicación de la ciencia y la cultura, ITESO
https://posgrados.iteso.mx/maestria-comunicacion-ciencia-cultura
URL corto: https://shre.ink/QV3X