Los talleres recreativos y la experiencia de la ciencia Museo de Ciencias de la Universidad Autónoma de Zacatecas Me vuelvo a emocionar nada más de recordarlo. Yo tenía unos 12 años cuando viví una experiencia fascinante en un taller en el Museo de Ciencias de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ).
Toño nos llevó a una de las salas de exhibición, lo seguimos con la expectativa de hacer funcionar alguno de los aparatos ahí expuestos. La verdad sentí un poco de decepción cuando nos dijo que no usaríamos ninguno de los equipos, parecía que se escapaba la posibilidad de hacer un experimento genial.
Luego ocurrió algo asombroso. Toño nos pidió que tocáramos los diferentes materiales que podíamos encontrar en la sala: la madera en el marco de las puertas, el vidrio y hierro en las vitrinas, e incluso la tela de nuestra ropa. Entonces nos preguntó: ¿Cuál está más frío? “El metal”, contestamos casi al unísono.
Para nuestra sorpresa empezó por aclarar que para la física el frío no existe: lo que se estudia es el calor, una forma de energía que se relaciona con la temperatura de un objeto. Luego nos preguntó qué ocurre si se juntan dos cuerpos y uno está más caliente que el otro. Tras discutir un poco, concluimos que la energía pasaría del de mayor al de menor temperatura hasta llegar a un equilibrio. Sin saberlo, estábamos analizando la Ley Cero de la Termodinámica.
Para cerrar, Toño explicó que no todos los materiales tienen la misma facilidad para ganar o perder energía en forma de calor. Los mejores conductores térmicos son los que permiten que el calor fluya más rápido. “Los diferentes materiales que tocaron tienen la misma temperatura”, nos dijo y continuó “pero el metal les quita energía más rápido y por eso se siente más frío”.
En ese momento tuve un “orgasmo intelectual”. Muchas experiencias que había tenido a lo largo de mi vida se reunieron en una explosión de significado. Eso que llamamos frío es lo que sentimos cuando el cuerpo pierde calor; lo podemos experimentar al tocar un objeto con temperatura muy baja o un material que nos quita energía rápidamente.
Lo más maravilloso fue darme cuenta de que no necesitas de un gran museo o laboratorio para disfrutar de una experiencia científica emocionante. En el taller no usamos aparatos especiales o materiales costosos, se podía repetir en cualquier lado. Lo mejor de todo es que esto no fue un ejemplo aislado, hay montones de dinámicas semejantes. Así, me sentí sumamente inspirado y continué asistiendo al museo para participar en más actividades y, además, hice otras por mi cuenta.
Tres años más tarde, por parte del museo, me invitaron a ser parte del primer grupo de divulgación de la ciencia en Zacatecas. Los ocho integrantes recibimos una capacitación inicial para realizar talleres de ciencia recreativa (TCR): actividades divertidas en las que las personas se pueden acercar a la ciencia a través de experiencias significativas. Nuestro grupo colaboró con el museo en numerosas actividades en los años siguientes.
Con el paso del tiempo, mi formación universitaria (en física) se desarrolló a la par de mi crecimiento como divulgador. Participé en eventos que reunían a grupos de ciencia recreativa de diferentes partes de México. Esto nos permitió compartir experiencias, ideas de actividades y metodologías de trabajo, aunque en un contexto informal y sin referencias sólidas sobre el por qué y el cómo de los talleres. Aun así, estos encuentros (entre 1995 y 2015) sirvieron como la semilla para empezar a formar una comunidad de divulgadores dedicados a la ciencia recreativa.
Desde 2001, en el Grupo Quark y el Museo de Ciencias de la UAZ, trabajamos para el desarrollo y sistematización de talleres. La idea es aprovechar la versatilidad de este medio para llevar actividades a muchos rincones de Zacatecas y México. Para complementar, nos hemos dado a la tarea de sistematizar documentalmente las actividades que se llevan a cabo y reflexionar sobre nuestro quehacer. Con esta experiencia, me gustaría compartir algunas grandes ideas sobre esta labor:
1. Somos la guerrilla de la divulgación científica. Los TCR destacan —respecto a otros medios—, por tener varias características de la guerra de guerrillas (Loveman & Davies, 2002): se basan en unidades pequeñas y poco convencionales, trabajan en terreno favorable y bien conocido, emplean tácticas de “atacar” y desplazarse, y dependen de la población local para recibir apoyo (materiales, alimentos y recursos humanos).
Un buen tallerista puede hacer mucho con recursos limitados y nuestra gran movilidad nos lleva a lugares a los que otros medios no llegan. Ya que estamos ahí, tratamos de conocer a las personas que participan con nosotros para adaptar el proceso a su realidad, sus intereses y necesidades.
2. La principal característica de los TCR es que la atención del proceso se centra en los participantes y su experiencia (García-Guerrero et al., 2020). Por eso no se habla de público, o estudiantes, sino de participantes: personas que se involucran en un proceso a la vez personal y social, combinando hacer, hablar, pensar, sentir y pertenecer (Wenger, 1999). La gran ventaja es que el formato permite ajustar la actividad en tiempo real para responder a las condiciones de los participantes.
Por eso debemos dejar de lado el protagonismo del tallerista para realmente convertir a las personas en actores principales de su experiencia: que jueguen a ser científicos y se lleven una perspectiva crítica que puedan aplicar en sus vidas.
3. Lo que hacemos no es nada nuevo. Si bien los TCR carecen de un registro histórico formal, sus actividades en México se remontan a inicios de la década de los ochenta. Pero el taller educativo —como medio para construir experiencias y facilitar aprendizaje—, se remonta a la edad media (Maya, 1996). Los talleres de los diferentes oficios, además de su objetivo de elaborar o reparar objetos, integran práctica y teoría para lograr que los asistentes-aprendices desarrollen pericia conforme colaboran con el maestro del oficio.
La belleza de los TCR es que recuperan la esencia de la tradición artesanal de estos espacios, combinándola con el trabajo estructurado y sistemático de la ciencia. Así surgen espacios muy dinámicos para conocer los procesos y resultados del trabajo científico.
4. Hasta hace poco tiempo el estudio de los TCR era muy limitado: hacía falta establecer los cimientos para una discusión significativa orientada a mejorar su labor. Curiosamente, los talleristas hemos avanzado mucho en la parte práctica, pero hace falta complementar con la teoría que nos ayude a llegar más lejos.
Actualmente esta labor se impulsa desde Recreación en Cadena, la Red Mexicana de Ciencia Recreativa, y se empieza a promover un esfuerzo semejante desde la Red de Popularización de la Ciencia y la Técnica en América Latina y el Caribe (RedPop). Buscamos la colaboración estructurada entre grupos, la sistematización de actividades e incluso la formación de nuevas organizaciones que colaboren en el desarrollo de TCR. La meta es que, como tuve la fortuna de hacerlo yo, cada vez más personas, en todo tipo de lugares, se maravillen con la experiencia de la ciencia.
PROPUESTA DE BALAZOS
No necesitas de un gran museo o laboratorio para disfrutar de una experiencia científica emocionante.
La principal característica de los talleres de ciencia recreativa es que la atención del proceso se centra en los participantes y su experiencia.
La meta es que cada vez más personas, en todo tipo de lugares, se maravillen con la experiencia de la ciencia.
Pies de foto
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Los talleres permiten conocer principios científicos a partir de una interacción directa con los fenómenos naturales.
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El estímulo de los diferentes sentidos —vista, oído, tacto, olfato e, incluso, el gusto—, resulta esencial para construir experiencias científicas significativas.
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Las actividades recreativas buscan despertar una chispa de emoción y curiosidad en los participantes, para atraerlos a actividades científicas.
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La versatilidad de los talleres les permite desarrollarse prácticamente en cualquier lugar, incluso llegando a espacios públicos como calles y plazas.
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Miembros fundadores de Recreación en Cadena, la Red Mexicana de Ciencia Recreativa. Coloquio de 2016, cuando se decidió crear la Red para consolidar la profesionalización de este medio de divulgación.
Referencias
Durant, J., Buckley, N., Comerford, D., Fogg-Rogers, L., Lewenstein, B., & Wiehe, B. (2016). Science Live: Surveying the landscape of live public science events.
García-Guerrero, M., Lewenstein, B., Michel Sandoval, B., & Esparza, V. (2020). Los talleres de ciencia recreativa y la retroalimentación acción-reflexión. Journal of Science Communication América Latina, 03(01). https://doi.org/10.22323/3.03010802
García-Guerrero, M., & Lewenstein, B. V. (2022). Characterizing science recreation workshops: The ‘guerrilla’ of science communication. International Journal of Science Education, Part B, 0(0), 1-14. https://doi.org/10.1080/21548455.2022.2123260
Loveman, B., & Davies, T. (2002). Introduction. En C. Guevara, Guerrilla Warfare. Rowman & Littlefield Publishers.
Maya, A. (1996). El taller educativo. Coop. Editorial Magisterio.
Wenger, E. (1999). Communities of Practice: Learning, Meaning, and Identity. Cambridge University Press.
Conoce la primera edición del Repositorio Nacional de Ciencia Recreativa. Encontrarás sistematizaciones de juegos, talleres y demostraciones que puedes replicar.