Combinar teatro y ciencia se antoja, suena bien y es que, en general, las ciencias parecieran combinar con todo, son como la mezclilla de los temas, se lo puedes poner a cualquier asunto y queda; además de que le da cierto aire de credibilidad. Cuántas veces no escuchamos la frase “científicamente comprobado” o “la ciencia de”… y aquí se puede poner cualquier cosa. Evidentemente, las artes entran en las posibilidades y el teatro no es la excepción.
Querido lector, deténgase un momento en este punto, déjeme preguntarle si al pensar en esta combinación le vino a la mente alguna serie de imágenes, tal vez de científicos famosos llevados a escena, o de experimentos químicos que maravillan a los niños o de títeres de animales que sensibilizan sobre la importancia del medio ambiente. Si no lo pensó en lo más mínimo, permítame felicitarlo por su originalidad, pero, sí al menos esbozó algo parecido, usted y yo tenemos mucho en común.
Hace años yo no tenía la menor idea de cómo funciona la ciencia, tal vez porque, generalmente, a los mexicanos nos gusta más la idea, que la ciencia en sí misma. Nos agrada cómo suena, pero el pensamiento crítico no es tan taquillero en realidad, nos cuesta soltar el lado mágico, como suele suceder en la formación artística en México.
Las escuelas profesionales de teatro están rebosantes de ideas sobre energías misteriosas, fuerzas mágicas, incluso astrología y el tarot, (que se alejan de las prácticas básicas de prueba y error propias de la ciencia) y la experimentación es más un sinónimo de perderse en ocurrencias psicodélicas que en comprobar una hipótesis por medio de la práctica.
Con el tiempo le fui agarrando el gusto a las ciencias, hasta el punto de apasionarme, pero quiero confesarle estimado lector, que el aquí escribiente es resultado de la educación pública mexicana y que, si alguna certeza yo tenía al momento de escoger a qué oficio dedicaría mis días, las ciencias estaban completamente fuera del panorama. Aquello no era una simple corazonada, derivó de la interminable lista de seises que llenaban mi boleta de calificaciones en las materias científicas. Sería posible asegurar que la mayoría de esas notas de “panzazo” eran puestas para no tenerme un año más en ese grupo, porque en realidad merecían un rotundo cinco.
Así fue como llegué a las artes, que sonaban como una gran idea para dedicarme a algo divertido que no requería entender cosas para las que, al parecer, yo no tenía la capacidad; fue entonces que comenzó mi carrera artística.
Un buen día me ofrecieron trabajo en una obra de teatro que se presentaba en Universum, el museo de las ciencias de la UNAM. Desde entonces descubrí que no es que yo no tuviera la capacidad de entender sobre ciencia, es que no la entiendo como mis maestros querían que la entendiera.
Dejo de lado mis lamentaciones y vuelvo al asunto del teatro y las ciencias. Ambas disciplinas comparten una pequeña tragedia: viven encerradas en ideas erróneas de lo que son. Tanto la ciencia como el arte padecen de la necesidad de ser utilitarias. Deben servir de manera concreta para solucionar problemas cotidianos, pero ninguna de las dos disciplinas realmente opera así.
Las artes son un suceso estético, nada que pueda ser considerado arte está exento de una experiencia estética, incluso si va en sentido opuesto de lo que se pueda considerar bello. Las ciencias no son recetas para hacer la vida más fácil y sus aplicaciones son resultado de otro tipo de trabajo realizado por ingenieros y científicos experimentales; después, el mercado se encarga de empaquetarla y vender el producto. Las artes en realidad operan más o menos igual; nosotros hacemos ejercicios filosóficos desde lo estético; si tienen las agallas y el tiempo por favor pregúntenle a un filósofo ¿Para qué sirve filosofar?
El teatro, como cualquier manifestación artística, tiene la capacidad de impactar en el espectador, se espera que el público quede emocionado al ver una obra de teatro y esto lo lleve a la reflexión. Entonces, el teatro de divulgación científica tendría que llevarnos a apasionarnos por el conocimiento científico, pero ¿estamos realmente dispuestos a entrar en las profundidades filosóficas de las ciencias, o preferimos verlas por “encimita” y confundirlas con la tecnología y sus aplicaciones?
Vivimos un momento en el que parece que la ciencia sin una aplicación práctica a los “problemas nacionales” es ociosa, superficial, y que si el arte no sirve para darnos clase de historia y sustentar la narrativa de nuestro pasado glorioso, sólo privilegia a unos cuantos.
Pero es precisamente el pensamiento crítico el que nos puede llevar a la máxima de mi abuela: “Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”. Es cierto que existe un tipo de teatro que sólo busca agradar a un grupo reducido de especialistas para ser considerado “alta cultura” y vivir de becas sin importar que la gente vaya al teatro o no, pero en realidad, son los menos, la mayoría realmente queremos impactar en mucha gente. Nadie se sube al escenario pensado “Ahora sí los aburriré a todos, van a odiarme”.
Tampoco estoy en contra de las obras de teatro que abordan el tema con experimentos de química o que los actores usen bata… bueno, eso de la bata sí me molesta un poquito. El asunto es que me parece fantástico que hagan una obra de títeres que hable sobre la biodiversidad o sobre los dinosaurios, el problema es que no hemos pasado de ahí.
Estimado lector, si en este punto está pensando “¿y a qué hora vas a decir cómo se debe hacer entonces el enlace entre teatro y ciencia?”, temo desilusionarlo y ofrecerle lo que la ciencia me entregó a mí: más preguntas.
No existen recetas, pero sí hay por lo menos dos reglas muy importantes que les quiero compartir: la primera es entender realmente de lo que se está hablando y mostrar cómo ese fenómeno impacta en el ser humano. El teatro nos narra y nos explica a los humanos. El conocimiento científico es parte de aquello que nos hace humanos, así es que encuentra la historia y cuéntala.
La segunda regla es: por más ganas que tengas, por más sexy que suene la idea, no tuerzas los datos para que encajen en tu maravillosa idea. Yo tengo la fortuna de contar siempre con un buen divulgador a la mano que me ayuda a hacer las preguntas correctas, es ciertamente algo que debe estar en la canasta básica de las amistades. Conozcan científicos, platiquen con ellos de todo, de la vida, la comida, las relaciones, tómense una cerveza con ellos y, si por ahí conocen un filósofo invítenlo a la tertulia. La ciencia y el arte las hacemos personas de a pie, no seres mágicos, ni genios intocables.
Cuando comencé en la comunicación científica en el teatro caí en varios lugares comunes, pero conforme fui profesionalizándome he podido experimentar con contenidos y con estéticas. En la compañía que fundé en 2005 hemos realizado muchas obras de teatro, performance, espectáculos multidisciplinarios y hasta radio y televisión; en parte se debe a la buena suerte que hemos tenido, el apoyo de gente que ha creído en el proyecto, pero sobre todo se debe a nuestra terquedad, porque en realidad falta mucho más apoyo del estado, las instituciones y las empresas.
Falta generar una especialidad desde las escuelas profesionales de teatro, en colaboración con instituciones de divulgación científica, en la que se haga un trabajo más profundo, que las obras de teatro tengan recursos mínimos para poder llevarse a escena, que los apoyos lleguen a este tipo de propuestas y que aprendamos a arriesgarnos un poco más allá de la obra divertida con experimentos de química o la biografía de científicos famosos y políticamente correctos.
México tiene talento para tirar pa’arriba, por ideas no paramos, y las nuevas generaciones de directoras y dramaturgas tienen un campo fértil para explotar toda una veta de lenguajes y temáticas realmente innovadoras en el teatro mexicano, pero hay que echarle ganas, cariño y dinero. Sí, lo siento, no quisiera quebrantar sus sueños románticos de que el arte está más allá de los bajos y mundanos problemas de los pesos y centavos, pero en general a eso se reducen todos sus problemas.
Se necesitan recursos para echar a andar un proyecto que verdaderamente promueva la comunicación científica por medio del teatro y ya vamos tarde, pero tengo la esperanza de que mejor tarde que nunca, y que pronto logremos ver avances en este campo de la creación. Por lo pronto seguiré insistiendo, junto con un grupo de colegas, en generar trabajos artísticos divertidos desde el pensamiento crítico, porque si algo nos distingue a los artistas mexicanos es la terquedad.
Hace años yo no tenía la menor idea de cómo funciona la ciencia, tal vez porque nos gusta más la idea de la ciencia, que la ciencia en sí misma.
El teatro, como cualquier manifestación artística, tiene la capacidad de impactar en el espectador.
Vivimos un momento en el que parece que la ciencia sin una aplicación práctica a los “problemas nacionales” es ociosa, superficial.
La ciencia y el arte las hacemos personas de a pie, no seres mágicos, ni genios intocables.
Pies de foto
Texere el entramado de la ciencia, de Eduardo Castañeda. Actrices: Romina Coccio y Gerardina Martínez Félix. Foto Pili Pala 2014. Fue la primera obra teatral de “La FIL también es ciencia”, que en 2014 realizó dos funciones diarias por diferentes espacios dentro de la feria con un espectáculo multidisciplinario de circo, ópera, stand up y teatro.
Miles de millones de borregos, de Eduardo Castañeda. Actores: Valerio Vázquez y Hilde Rew. Foto Pili Pala 2023.
La sombra del Bardo, de Edaurdo Castañeda. Actores: Muriel Ricard, Fernando Villa, Edurne Ferrer, Ramón Valera y Sergio de Régules. Foto Pili Pala 2016.
Lecturas recomendadas
Brook, P. (2015). El espacio vacío. Ediciones Península.
Cereijido, M. (2009). La ciencia como calamidad: Un ensayo sobre el analfabetismo científico y sus efectos. Gedisa México.
De Régules, S., Tagüeña, J. (2002). Arte y Ciencia en Universum: dos caras de una misma moneda. Elementos, 48, 53-55.