El 1 de octubre de 1957 los soviéticos colocaron en órbita el primer satélite artificial de la historia, el Sputnik 1, cuya señal de radio se escuchaba en los receptores de tierra como un “bip, bip, bip…”, que para los norteamericanos fue una especie de insulto desde el cielo. Su orgullo estaba maltrecho.
Sinceramente, la deshonra era el menor de sus males; si los soviéticos habían tenido la capacidad de colocar en órbita un artefacto de comunicación, probablemente en poco tiempo sustituirían al emisor de radio por una bomba nuclear. Eran los años de la Guerra Fría.
El Sputnik 1, seguido por el lanzamiento del Sputnik 2 con la perra Laika un mes después, fueron las principales razones para que el gobierno de Estados Unidos fundara, en 1958, la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA, por sus siglas en inglés). De costa a costa, los norteamericanos promovieron una especie de revolución educativa con énfasis en la ciencia porque sabían que, con la preparación adecuada, podrían afrontar a la Unión Soviética en el futuro.
El biólogo mexicano Antonio Lazcano, quien estudió de niño en California a finales de la década de los 50, lo cuenta así: “(en EU) se asustaron y como no querían parecer atrasados, una de sus respuestas fue promover la enseñanza de la ciencia. El congreso estadounidense otorgó presupuesto para que en las primarias se instalaran microscopios y terrarios (peceras con plantitas y animales). Nos daban pláticas y pasaban películas de ciencia".
Más allá de las aulas también hubo preocupación por difundir la ciencia a públicos amplios, no necesariamente escolarizados, como parte de una visión educativa integral de una población entera. Este movimiento, no oficial, lo encabezó uno de los escritores de ciencia ficción más reconocidos de todos los tiempos: Isaac Asimov que, a pesar de haber nacido en Rusia en 1919, vivió en Nueva York desde antes de cumplir los 4 años, por lo que era, y se sentía, norteamericano.
Para octubre de 1957, Asimov era un escritor de ciencia ficción reconocido, que sumaba diversos relatos y una docena de novelas, incluidas algunas de sus obras más conocidas: Yo, Robot (1950) y los primeros 3 tomos de Fundación (1951, 1952 y 1953). Este escritor había estudiado la carrera de bioquímica y obtuvo su doctorado en química en la década de los 40, pero su amor por la lectura y escritura lo habían llevado a centrarse en obras de fantasía.
Lentamente, Asimov comenzó a atrapar público acostumbrado a sus ficciones, para transmitir ciencia real con ayuda de una poderosa herramienta que lo alejaba de los rígidos libros de texto: la literatura.
Momentos estelares de la ciencia, de 1959, que contiene varios ensayos cortos, es su primer libro con este estilo, aderezado además, con otro ingrediente esencial en sus obras con contenido científico: la historia. Por decirlo de alguna manera, con estos componentes, ciencia e historia narradas en formatos literarios, nace la moderna divulgación de la ciencia en su forma escrita.
Las obras de Asimov no son las primeras que poseen estas características, parcial o totalmente, pues nos encontramos libros como Cazadores de microbios, de Paul de Kruif, escrito en 1926 o los cuentos de George Gamow que protagoniza Mr. Tompkins, con mucha fantasía de por medio, cuyo primer título es de 1940.
Pero a finales de los 50 y plenamente en los 60, estamos ante el primer autor que sistemáticamente utiliza las herramientas de la literatura como una estrategia para atrapar públicos amplios con el fin de transmitir conocimiento científico, recalquemos, real. Por si fuera poco, utilizando medios masivos como diarios y revistas. Nadie lo había hecho de esta manera hasta entonces.
Así que, al cumplir cuatro décadas, estamos ante un Asimov prolífico en divulgación de la ciencia, que moldea un estilo propio y crea vínculos estrechos con sus lectores debido a historias personales, que actualmente llamamos story tellings; estrategia ampliamente utilizada en la literatura en general, pero también en el cine y en las series de las plataformas de streaming.
Con sus vivencias, como sus intentos fallidos de demostrar el último teorema de Fermat (donde se ríe de él mismo), o la correspondencia que llega insistentemente a su hogar para invitarlo a escribir un libro (como si nunca lo hubiera hecho, pues se trataba de un escritor consolidado), despierta el interés en sus lectores para que, suavemente, transite en sus ensayos a hablar de ciencia.
La divulgación con este formato alcanzó su mayoría de edad con la exitosa obra Cosmos, serie de televisión escrita por Carl Sagan, Ann Druyan y Steven Soter. El libro, publicado en 1980 y escrito por Sagan, acompañó y complementó la serie documental. Tanto el libro como la serie abarcaron 13 capítulos, todavía hoy, los productos de divulgación de la ciencia más conocidos de la historia y que marcaron el futuro de esta forma de comunicación.
Tanto el guión de los programas de Cosmos como el contenido del libro gozan de un estilo narrativo excepcional y recrean el conocimiento científico de tal manera que lo hacen accesible a buena parte de la población, más si consideramos la enorme carga emotiva del narrador (Sagan) quien incorpora historias personales y de la ciencia. Realmente todos fuimos hechizados por Cosmos.
Algunos nombres de los capítulos de la serie y del libro muestran el estilo literario que va a dominar en cierta parte de la divulgación de la ciencia de las siguientes décadas: Una voz en la fuga cósmica, Blues de un planeta rojo, El filo de la eternidad, La persistencia de la memoria.
Si con Cosmos la divulgación de la ciencia escrita alcanzó su mayoría de edad, con la obra del biólogo evolucionista y paleontólogo Stephen Jay Gould se consolidó plenamente, siendo el escritor que amalgamó de la manera más elegante los ingredientes de este tipo de comunicación.
Los títulos de sus libros se han convertido en clásicos: El pulgar del panda (1980), Dientes de gallina y dedos de caballo (1983), La sonrisa del flamenco (1985), Brontosaurus y la nalga del ministro (1991), Ocho cerditos (1993), La montaña de almejas de Leonardo (1998), Las piedras falaces de Marrakech (2000).
En general, a partir de la década de los 80 se presentó en diversas partes del mundo un boom de autores de libros y revistas con este formato de divulgación de la ciencia. En México, quien más ha estudiado y producido este tipo de comunicación es Ana María Sánchez Mora, y la revista ¿Cómo ves? de la UNAM y las secciones de ciencia de Nexos, Letras Libres y Revista de la Universidad de México son, actualmente, de las más representativas con este estilo.
A nivel mundial, dentro de una pequeña selección de obras y autores de los últimos 50 años, más allá de los mencionados, destacamos a Gödel, Escher, Bach (1979) de Douglas R. Hofstadter; Los Descubridores (1983) de Daniel J. Boorstin; El último teorema de Fermat (1997) de Simon Singh; Una breve historia de casi todo (2003) de Bill Bryson; y Consultorio sexual para todas las especies (2004) de Olivia Judson.
También La ecuación jamás resuelta (2013) de Mario Livio; Los innovadores (2014) de Walter Isaacson; El hombre de neandertal (2014) de Svante Pääbo; El ojo del observador (2017) de Laura J. Snyder; La memoria secreta de las hojas (2017) de Hope Jahren; Siete breves lecciones de física (2018) de Carlo Rovelli e Historia del Cerebro (2018) de José Ramón Alonso.
Ahora, no todo lo que encontramos en el mercado que denominan “divulgación de la ciencia” posee este formato (ciencia narrada con un estilo literario y con pasajes históricos), ya que, en diversos casos, los autores y editoriales enfatizan más en la importancia del contenido por un fin que se persiga, en muchos casos educativo o social.
Por ejemplo, nos encontramos con “divulgación de la ciencia” como complemento al contenido de los libros de texto y que sirve como apoyo a la educación formal. También hay la que informa sobre problemas de salud pública o noticias en general y tiene un perfil del periodismo de ciencia; una más que intenta comunicar los avances en la investigación científica y que se asemeja a artículos de revistas para investigadores. En este sentido, hay divulgación para todos los gustos.
En los últimos lustros una considerable cantidad de divulgadores como el peruano Aldo Bartra (El robot de Platón) y el español Javier Santaolalla (Date un voltio) se adaptaron a las modernas tecnologías de la comunicación vinculadas a las computadoras e internet, como Instagram, Youtube y Tiktok.
En esas plataformas encontramos una amplia variedad de productos digitales de divulgación de la ciencia con ingredientes similares a lo que hemos platicado (ciencia con formato literario), sin embargo, los artículos y textos largos de revistas y libros, tanto impresos como digitales, siguen más vigentes que nunca, por suerte.
Sea cual sea el propósito de la divulgación de la ciencia, en donde también caben los fines lúdicos, un formato narrativo —bien desarrollado— propio de las obras literarias, atrapará lectores, pues se trata de una manera efectiva para que afloren las sensaciones de las personas. Así es que, en la amalgama del conocimiento científico, que causa sorpresa, con la elegancia de un formato literario, nos encontramos con una receta infalible.
Asimov comenzó a atrapar público para transmitir ciencia real con ayuda de una poderosa herramienta que lo alejaba de los rígidos libros de texto: la literatura.
La divulgación con este formato alcanzó su mayoría de edad con la exitosa obra Cosmos de Carl Sagan, Ann Druyan y Steven Soter.
En la amalgama del conocimiento científico con la elegancia de un formato literario, nos encontramos con una receta infalible.